Hubo un tiempo, cuando era pequeña, que con mi sister y la Vale íbamos a jugar al fondo del patio, en un montículo de arena. Con nuestras manos como improvisadas palas, nos gustaba excavar hasta que nuestros agujeros se veían derrumbados por el propio peso de la arena sobre ellos...
Un día estábamos ahí jugando, cuando sentimos el aullar de un perro. No nos pareció gran cosa en aquella ocasión, pero el estremecedor llanto canino se repitó durante unos pocos días, recuerdo incluso cómo se me erizaba la piel por las noches, cuando también se escuchaban.
De alguna u otra manera, siempre terminaba escuchándolo, proveniente siempre de la misma parte, como si el perro nunca cambiase de lugar. Estaba encerrado.
De alguna u otra forma, creí que era mi deber hacer algo por él, ayudarlo a salir, lanzar piedras al jardín del vecino para que salieran a ver a su mascota, no lo sé. En mi mente infantil no se formaron muchas ideas útiles.
Un día sin darme cuenta, el perro dejó de ladrar. El silencio de la tarde, sólo interrumpido por nuestras manos rozando la arena, se dejaba sentir de nuevo. Me hice la idea de que el perro había muerto, y la imagen de un animal descomponiéndose en un pequeño rincón, aislado y cubierto de moscas, se pasó por mi mente, formando un nudo en mi garganta. Busqué algunas flores en medio de la maleza y las dejé en el lado del patio en que más se escuchaban sus ladridos. Miré unos intantes en dirección al patio del vecino, pero era algo inútil; estaba a dos casas de la mía, y había mucha maleza interpuesta, así que suspiré y fui a casa a tomar once.
Ya no era agradable jugar en la arena.
domingo, 13 de febrero de 2011
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