Recuerdo que salí de mi casa aletargada, como la mayoría de mis mañanas. El sol pegaba fuerte en lo alto, indicándome que estas no eran las horas aptas para recién estar saliendo de la ducha, pero eso poco me importaba; mis clases comenzaban tarde aquel día, y aprovecharía la mañana con unas cuantas horas más de sueño, que nunca están de más cuando se es universitaria.
Subo el empinado camino de tierra corriendo y llego a la cima jadeante, pero alegre. Me río de mi mal estado físico, si quiero ser una kinesióloga decente, lo mínimo sería poder correr más de 10 segundos sin terminar tan sofocada como ahora...
Camino lentamente para recuperar el aliento, mirando a mi alrededor. Tengo cuidado de los aspersores de la Teletón, que están funcionando a su máxima potencia y buscan con ansias mojar mis pies desnudos, apenas cubiertos por unas hawaianas de goma.
Miro el suelo para poder pisar de manera tranquila y no llevarme una sorpresita con estas desechos caninos que suelen haber, y sí, ya vienen tras de mí perros callejeros, que en unos instantes más también dejarán nuevos obsequios para algún despistado que esté pensando en el certamen que espera pasar.
Mientras canmino los veo: corren, saltan y se muerden alegres; no tienen hogar, no tienen que preocuparse de estudiar, sólo están allí; divirtiéndose por unos instantes, olvidando que para la sociedad son un estorbo cubierto de pelos, mugre e infecciones.
De pronto, de algún sitio aparece un perro que es distinto, camina con temor, escondiéndose cada vez que puede de los demás animales, levanta la vista a cada persona que pasa a su lado y se le queda mirando en busca de respuesta. Detuve mi paso y me le quedé mirando unos intantes. Me pareció leer tristeza en su mirada animal, sensación que no se daba en los otros canes. Era un perro con collar, seguramente estaba perdido o lo habían abandonado cerca de aquí. No lo sé, pero me incliné más por la última opción...
Me queda mirando con temor, no sabe cómo reaccionar frente a mí. Yo miro la hora ¡ya se me había hecho tarde! Así que corro hacia mi clase, que queda al fondo de la universidad.
Un día quise ir al centro, a comprar algunos implementos para comenzar una carrera decente como dibujante: lapicitos, goma y una croquera para dibujar. Mientras caminaba al paradero de la micro (que por cierto, es el mismo mísero recorrido de tres cuadras que separa mi casa de la universidad) pensaba en los muchos dibujos que podría hacer, mis Diegos, mis chanchos, hasta mis Charlottes...cuando, de nuevo me encuentro con el perro. Y lo que es peor, me di cuenta que era perra, por la inmensa panza que tenía encima. Aún me miraba con ojos tristes, ocultándose de cualquier cosa que se moviera. Un perro viejo y peludo se le acercó, denotando el estado de celo en que debería encontrarse la tímida criatura...
Me sentí ciertamente mal por el animal, tan solo, tan desamparado...y ahora en un estado que él tal vez no se lo imaginaba...bueno, iré a saber yo las cosas en las que piensa un perro, sólo es un ser que sigue su ciclo de la vida.
La gente se amoltona a mi alrededor, se acerca la micro que nos lleva al centro. Suenan pasos pesados y apurados, las ansias de subir primero y tomar un asiento se dejan sentir, junto con los gemidos de la perra que sin desearlo terminó metida en este tumulto de gente que intenta de manera grotesca subir a la descuidada y maloliente micro.
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